Jorge Javier Vázquez se rompe con Chiqui en Supervivientes All Stars: las lágrimas que esconden la cara más cruel de la televisión

La expulsión de Chiqui dejó uno de los momentos más emocionantes de la edición. María Lamela se deshizo en elogios y Jorge Javier no pudo contener las lágrimas ante una concursante para la que regresar a televisión significaba mucho más que ganar un reality Leer La expulsión de Chiqui dejó uno de los momentos más emocionantes de la edición. María Lamela se deshizo en elogios y Jorge Javier no pudo contener las lágrimas ante una concursante para la que regresar a televisión significaba mucho más que ganar un reality Leer  

Hay lágrimas que se ven venir a kilómetros. Las de un reencuentro, las de una despedida, las de quien lleva semanas sin comer y sueña con una tortilla de patatas como si fuera el santo grial. Y luego están las lágrimas que nadie espera, las que aparecen sin pedir permiso, las que dejan a un presentador sin palabras y a los espectadores con un nudo en la garganta. Anoche, Jorge Javier Vázquez lloró. Lloró de verdad. Y lo hizo por Chiqui. Por una mujer que había ido a Supervivientes All Stars a sobrevivir, sí, pero no sólo en Honduras. También fuera de allí.

Porque anoche, en mitad de una gala en la que había que elegir finalistas, repartir nominaciones y seguir alimentando esa maquinaria televisiva que no se detiene ni aunque se caiga el cielo, sucedió algo extraordinario: la televisión dejó de hacer televisión y empezó a mostrar la vida. Y la vida, por mucho que se empeñen algunos, no siempre tiene un final feliz.

Chiqui estaba nominada junto a Yola Berrocal. Dos mujeres que probablemente no encajan en el molde de concursante que algunos consideran imprescindible para un reality, pero que han demostrado durante estas semanas algo que debería ser asignatura obligatoria en cualquier casting: para hacer buena televisión no hace falta aparentar, hace falta ser. Y ellas han sido. Vaya si han sido.

Lo sabía Jorge Javier, que antes de comunicar la expulsión quiso felicitar a quien había tenido la idea de ficharlas. Lo sabía María Lamela, que desde Honduras apenas podía contener la emoción. Y lo sabía una Chiqui que, con esa mezcla de desparpajo, descaro, inocencia y mala leche que la caracteriza, estaba a punto de recibir una de las mayores muestras de cariño que puede recibir alguien que trabaja en televisión: que quienes han compartido contigo el camino no quieran que te marches.

El público decidió salvar a Yola. Yola se desplomó de emoción. Chiqui se quedó fuera a las puertas de la final. Así son las reglas del juego. Unos ganan, otros pierden. Unos se llevan el premio y otros se llevan a casa el saco con sus pertenencias, unas cuantas picaduras de mosquito y la sensación de haber vivido algo irrepetible.

Pero lo que ocurrió después no estaba en ningún guion.

María Lamela se dirigió a Chiqui con la voz tomada por la emoción. Le habló de su fuerza, de su capacidad para hacer reír y llorar casi al mismo tiempo, de esa personalidad arrolladora que tantas veces desespera como conquista. Y terminó diciéndole algo que debería estar grabado en la puerta de más de un despacho de televisión: «La gente como tú tiene que seguir en televisión, la gente que nos hace sentir».

Ahí estaba todo. Porque Chiqui tiene algo que escasea en la televisión actual: no necesita fingir que es auténtica. Lo es. Cuando ha tenido que llorar, ha llorado. Cuando ha tenido que reír, se ha reído. Cuando ha tenido que discutir, ha discutido. Y cuando ha tenido que cagarse en algo o en alguien, se ha cagado. Sin filtros, sin manual de comunicación, sin un asesor diciéndole qué debe hacer para caer bien. Chiqui es Chiqui. Con todas sus contradicciones, con sus salidas de tono, con sus carcajadas y con esa manera de decir las cosas que unas veces te hace llevarte las manos a la cabeza y otras te obliga a levantarte del sofá para aplaudir.

Y entonces llegó la frase que lo cambió todo. «Estoy súper agradecida por este programa, por esta oportunidad (…). Y por seguir trabajando, que es lo que necesito», confesó Chiqui mientras agradecía al equipo y a la productora que hubieran vuelto a contar con ella.

Seguir trabajando. No ganar un millón. No convertirse en la reina de las redes sociales. No conseguir una portada. Trabajar. Qué palabra tan pequeña y qué inmensidad tan grande escondía anoche.

En una televisión que presume de fabricar estrellas a la velocidad con la que después las deja de llamar, escuchar a una mujer agradecer que le hayan dado trabajo debería provocar algo más que un aplauso. Debería hacer pensar. Porque detrás de cada personaje al que un día se le pone una cámara delante hay una persona que sigue teniendo que pagar sus facturas cuando las cámaras se apagan. Y porque la fama, esa cosa tan maravillosa cuando llega y tan despiadada cuando se marcha, no paga eternamente las cuentas.

Jorge Javier Vázquez lo entendió al instante. Quizá porque conoce demasiado bien ese mundo. Quizá porque sabe lo que significa que la televisión te quiera hasta que deja de quererte. O quizá, sencillamente, porque hay personas que te tocan una fibra que ni siquiera sabías que tenías.

«No puedo, estoy llorando. No puedo… Me produces muchísima ternura», acertó a decir el presentador mientras intentaba recomponerse. Y después, con la voz rota, le dedicó unas palabras que fueron mucho más que una despedida: «Has sido un acierto extraordinario, te mereces que te vaya muy bien en la vida, que sigas trabajando».

Que sigas trabajando. Otra vez esas tres palabras. Otra vez la realidad colándose por las rendijas del espectáculo.

Y Chiqui, que podrá tener mil defectos, pero que de impostora tiene más bien poco, respondió con una declaración que explicaba perfectamente por qué estaba allí: «Yo soy feliz haciendo televisión, no llevo ningún papel…». No hizo falta nada más.

Acostumbrados a un Jorge Javier que domina como pocos el sarcasmo, que reparte estocadas con la precisión de un cirujano y que convierte cualquier silencio incómodo en un espectáculo, anoche apareció otro Jorge Javier. El que no tiene preparada una réplica. El que no puede esconderse detrás de un chiste. El que se emociona porque delante tiene a una mujer que, sin pretenderlo, acaba de poner palabras a una de las realidades más ingratas de su profesión. Y fue precioso. Precioso y doloroso.

Porque también hay algo profundamente injusto en que una mujer tenga que agradecer con semejante emoción que le permitan hacer aquello que mejor sabe hacer. Chiqui no estaba pidiendo caridad. Estaba pidiendo una oportunidad. Y durante estas semanas ha demostrado que la merecía.

Qué palabra tan pequeña y qué inmensidad tan grande escondía anoche.

Ha dado espectáculo, ha provocado discusiones, ha hecho reír, ha desesperado a sus compañeros y ha conseguido que incluso sus enfados tuvieran algo entrañable. Ha sido una superviviente en el sentido más literal y también en el más importante. Una de esas concursantes que no necesitan ganar una prueba para justificar su presencia en un programa.

Y, por si faltaba algo, después de semejante festival de lágrimas, todavía hubo tiempo para recuperar su célebre baile del six-seven. Porque con Chiqui no hay manera de mantener la solemnidad demasiado tiempo. Y menos mal. Sería terrible que, después de habernos hecho llorar a todos, nos dejara marcharnos sin una última carcajada.

Ahí está también su grandeza: Chiqui puede hacerte llorar y, 10 segundos después, conseguir que te rías de ti mismo por haber llorado.

La final de Supervivientes All Stars tendrá su ganador o ganadora. Habrá focos, confeti, un cheque y alguien levantando los brazos mientras los demás aplauden. Es lo que toca. Es el espectáculo. Pero convendría que quienes deciden a quién llaman y a quién dejan de llamar no olvidaran lo que sucedió anoche.

Porque María Lamela dijo algo que debería quedarse grabado en la puerta de más de un despacho de televisión: la gente como Chiqui tiene que seguir en televisión. La gente que nos hace sentir.

Y porque Jorge Javier Vázquez, que lleva tantos años haciendo televisión que probablemente ya ha visto casi todo lo que se puede ver en ella, acabó llorando por una concursante que sólo quería seguir trabajando.

Anoche Chiqui fue expulsada de Supervivientes All Stars. Perdió la posibilidad de ganar el concurso. Pero se llevó algo infinitamente más difícil de conseguir: el cariño sincero de quienes saben perfectamente lo que vale.

Ojalá, Chiqui, que esta vez, cuando se apaguen los focos, siga sonando el teléfono.

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