El mayor destructor del mundo ya está en construcción: así será el gigante japonés de 14.000 toneladas

Durante buena parte del siglo XX, el poder de un buque de guerra se medía por el calibre de sus cañones. Después llegaron los misiles y el número de lanzadores se convirtió en la nueva referencia. Hoy, sin embargo, el verdadero músculo de un destructor ya no está en sus armas, sino en algo mucho menos visible: su capacidad para ver antes que nadie.

Ese cambio explica por qué Japón acaba de poner en marcha la construcción del que será el destructor más grande jamás construido no para librar batallas navales al estilo clásico, sino para enfrentarse a una amenaza completamente distinta: los misiles balísticos e hipersónicos capaces de recorrer cientos o miles de kilómetros en apenas unos minutos.

En pocas palabras, Japón más que una espada, está construyendo un inmenso escudo flotante. Las cifras impresionan por sí solas. Cada uno de los dos nuevos destructores desplazará unas 14.000 toneladas, aproximadamente el doble que una fragata moderna y un tamaño comparable al de algunos cruceros de la Segunda Guerra Mundial. Con cerca de 190 metros de longitud, será casi tan largo como dos campos de fútbol colocados uno detrás del otro.

Aunque conserve la denominación de «destructor», el barco se acerca por dimensiones a otras categorías históricas mucho mayores. La diferencia es que, en lugar de dedicar ese espacio a enormes torretas artilladas, lo ocupa con radares, ordenadores, sistemas electrónicos y decenas de misiles interceptores. En sus inicios y por definición, un destructor era el guardaespaldas de una flota. Su misión consistía en detectar submarinos, derribar aviones enemigos o enfrentarse a otros buques. Hoy esa función ha cambiado profundamente.

La amenaza puede llegar desde cientos de kilómetros de distancia, en forma de un misil hipersónico que vuela a más de cinco veces la velocidad del sonido y apenas deja unos minutos para reaccionar. En ese escenario, ganar no depende tanto de disparar primero como de detectar antes. Por eso el elemento más importante del nuevo destructor japonés no será un cañón ni un misil, sino su sistema de radar SPY-7, uno de los más avanzados del mundo.

A diferencia de los radares tradicionales, cuya antena gira continuamente como un faro, el SPY-7 utiliza enormes paneles electrónicos fijos integrados en la superestructura del barco. No necesita moverse: mediante miles de pequeños módulos electrónicos dirige el haz de radar de forma casi instantánea hacia cualquier punto del cielo.

Eso le permite seguir simultáneamente cientos de objetivos distintos, distinguir amenazas reales de falsas alarmas y proporcionar información en tiempo real al sistema de combate. En la práctica, el radar se convierte en los ojos de toda una flota y no de una sola nave. El objetivo principal del nuevo destructor será integrarse en el sistema de defensa antimisiles de Japón. Su misión consistirá en detectar proyectiles balísticos e hipersónicos durante las primeras fases de su trayectoria y coordinar su interceptación mediante misiles especializados.

No es casualidad que el proyecto,a cargo de Lockheed Martin, llegue precisamente. En los últimos años, el rápido desarrollo de misiles hipersónicos por parte de China y Corea del Norte ha obligado a Japón a replantear su estrategia defensiva. Frente a armas capaces de maniobrar a velocidades extremas, disponer de plataformas permanentes de vigilancia resulta mucho más eficaz que depender exclusivamente de instalaciones terrestres. Una pregunta interesante es ¿por qué los destructores son cada vez más grandes? Hace cien años, el tamaño de un buque estaba determinado por el peso de su blindaje y sus cañones. Hoy depende, sobre todo, de la energía eléctrica que puede generar.

Los radares de nueva generación, los sistemas de procesamiento capaces de analizar miles de señales por segundo, las redes de comunicaciones cifradas y las futuras armas láser requieren enormes cantidades de electricidad. Los barcos modernos necesitan transportar generadores mucho más potentes, sistemas de refrigeración cada vez más complejos y espacio para incorporar tecnologías que todavía están en desarrollo.

Aunque todavía hay mucho secretismo respecto a sus cualidades y capacidades, el Ministerio de Defensa de Japón publicó un documento de 60 páginas que permite realizar algunas deducciones lógicas. Hay varios detalles que me parecen especialmente llamativos. El primero de ellos es que tendrá un total de 128 silos de lanzamiento vertical. La fragata española F-100 cuenta con 48.

Otro detalle es que el radar estará colocado mucho más alto, por encima del puente de mando. Al aumentar la altura del radar también aumenta el horizonte de detección, algo especialmente útil frente a misiles que vuelan a baja cota. Y algo fundamental es que, según los documentos publicados, el destructor ha sido diseñado con margen para integrar futuros sistemas de armas, incluidos interceptores de nueva generación frente a vehículos hipersónicos.

Pero lo más interesante es el origen del proyecto. El nuevo destructor japonés nace porque Japón canceló el sistema Aegis Ashore, que iba a ser una instalación fija en tierra. En lugar de construir dos enormes radares inmóviles, decidió poner toda esa capacidad dentro de una nave capaz de desplazarse a cualquier punto del Pacífico.  Entre otras características tendrá 128 silos de lanzamiento vertical, mientras que la fragata española F-100 (clase Álvaro de Bazán) tiiene «apenas» 48.  

Durante buena parte del siglo XX, el poder de un buque de guerra se medía por el calibre de sus cañones. Después llegaron los misiles y el número de lanzadores se convirtió en la nueva referencia. Hoy, sin embargo, el verdadero músculo de un destructor ya no está en sus armas, sino en algo mucho menos visible: su capacidad para ver antes que nadie.

Ese cambio explica por qué Japón acaba de poner en marcha la construcción del que será el destructor más grande jamás construido no para librar batallas navales al estilo clásico, sino para enfrentarse a una amenaza completamente distinta: los misiles balísticos e hipersónicos capaces de recorrer cientos o miles de kilómetros en apenas unos minutos.

En pocas palabras, Japón más que una espada, está construyendo un inmenso escudo flotante. Las cifras impresionan por sí solas. Cada uno de los dos nuevos destructores desplazará unas 14.000 toneladas, aproximadamente el doble que una fragata moderna y un tamaño comparable al de algunos cruceros de la Segunda Guerra Mundial. Con cerca de 190 metros de longitud, será casi tan largo como dos campos de fútbol colocados uno detrás del otro.

Aunque conserve la denominación de «destructor», el barco se acerca por dimensiones a otras categorías históricas mucho mayores. La diferencia es que, en lugar de dedicar ese espacio a enormes torretas artilladas, lo ocupa con radares, ordenadores, sistemas electrónicos y decenas de misiles interceptores. En sus inicios y por definición, un destructor era el guardaespaldas de una flota. Su misión consistía en detectar submarinos, derribar aviones enemigos o enfrentarse a otros buques. Hoy esa función ha cambiado profundamente.

La amenaza puede llegar desde cientos de kilómetros de distancia, en forma de un misil hipersónico que vuela a más de cinco veces la velocidad del sonido y apenas deja unos minutos para reaccionar. En ese escenario, ganar no depende tanto de disparar primero como de detectar antes. Por eso el elemento más importante del nuevo destructor japonés no será un cañón ni un misil, sino su sistema de radar SPY-7, uno de los más avanzados del mundo.

A diferencia de los radares tradicionales, cuya antena gira continuamente como un faro, el SPY-7 utiliza enormes paneles electrónicos fijos integrados en la superestructura del barco. No necesita moverse: mediante miles de pequeños módulos electrónicos dirige el haz de radar de forma casi instantánea hacia cualquier punto del cielo.

Eso le permite seguir simultáneamente cientos de objetivos distintos, distinguir amenazas reales de falsas alarmas y proporcionar información en tiempo real al sistema de combate. En la práctica, el radar se convierte en los ojos de toda una flota y no de una sola nave. El objetivo principal del nuevo destructor será integrarse en el sistema de defensa antimisiles de Japón. Su misión consistirá en detectar proyectiles balísticos e hipersónicos durante las primeras fases de su trayectoria y coordinar su interceptación mediante misiles especializados.

No es casualidad que el proyecto,a cargo de Lockheed Martin, llegue precisamente. En los últimos años, el rápido desarrollo de misiles hipersónicos por parte de China y Corea del Norte ha obligado a Japón a replantear su estrategia defensiva. Frente a armas capaces de maniobrar a velocidades extremas, disponer de plataformas permanentes de vigilancia resulta mucho más eficaz que depender exclusivamente de instalaciones terrestres. Una pregunta interesante es ¿por qué los destructores son cada vez más grandes? Hace cien años, el tamaño de un buque estaba determinado por el peso de su blindaje y sus cañones. Hoy depende, sobre todo, de la energía eléctrica que puede generar.

Los radares de nueva generación, los sistemas de procesamiento capaces de analizar miles de señales por segundo, las redes de comunicaciones cifradas y las futuras armas láser requieren enormes cantidades de electricidad. Los barcos modernos necesitan transportar generadores mucho más potentes, sistemas de refrigeración cada vez más complejos y espacio para incorporar tecnologías que todavía están en desarrollo.

Aunque todavía hay mucho secretismo respecto a sus cualidades y capacidades, el Ministerio de Defensa de Japón publicó un documento de 60 páginas que permite realizar algunas deducciones lógicas. Hay varios detalles que me parecen especialmente llamativos. El primero de ellos es que tendrá un total de 128 silos de lanzamiento vertical. La fragata española F-100 cuenta con 48.

Otro detalle es que el radar estará colocado mucho más alto, por encima del puente de mando. Al aumentar la altura del radar también aumenta el horizonte de detección, algo especialmente útil frente a misiles que vuelan a baja cota. Y algo fundamental es que, según los documentos publicados, el destructor ha sido diseñado con margen para integrar futuros sistemas de armas, incluidos interceptores de nueva generación frente a vehículos hipersónicos.

Pero lo más interesante es el origen del proyecto. El nuevo destructor japonés nace porque Japón canceló el sistema Aegis Ashore, que iba a ser una instalación fija en tierra. En lugar de construir dos enormes radares inmóviles, decidió poner toda esa capacidad dentro de una nave capaz de desplazarse a cualquier punto del Pacífico.  Noticias de Tecnología y Videojuegos en La Razón

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