ERNEST, el sucesor de Perseverance: mayor autonomía y 10 veces más rápido

Han pasado más de 50 años desde que el primer rover, el soviético Lunokhod 1 tocara suelo lunar y, a lo largo de 322 días recorriera 10 km. Así se inició nuestra exploración espacial más cercana por decirlo de algún modo. Ya no fotografiábamos o analizábamos con telescopios e instrumentos: enviábamos tecnología directamente al lugar elegido. Desde entonces 7 rovers lunares, otros tanto en Marte (el primero el Sojourner en 1997) y tres que exploraron asteroides se han sumado a la lista.

A lo largo de medio siglo estos “navegadores planetarios” nos han permitido pisar objetos estelares con una filosofía común: avanzar despacio, pensar mucho y no correr riesgos innecesarios. Ha sido una estrategia extraordinariamente eficaz. Gracias a ella, vehículos como el mencionado Sojourner, Spirit, Opportunity, Curiosity o Perseverance han sobrevivido durante años en uno de los entornos más hostiles del sistema solar. Pero también tiene un precio: la velocidad.

En un buen día, Perseverance apenas recorre unas decenas o cientos de metros. Antes de cada desplazamiento, ingenieros situados a millones de kilómetros estudian fotografías del terreno, planifican la ruta y envían instrucciones que el vehículo ejecutará horas después. Es una forma de conducir extremadamente prudente. La NASA quiere cambiar eso.

En el desierto de Colorado, ingenieros del Jet Propulsion Laboratory están probando un nuevo prototipo llamado ERNEST (siglas de Vehículo Explorador para Navegar por Terrenos con Pendientes Extremas.), un vehículo que podría convertirse en el modelo de los futuros exploradores destinados a la Luna, Marte e incluso otros mundos del sistema solar.

La principal diferencia respecto a los actuales no está en su aspecto, sino en su cerebro. ERNEST incorpora sistemas de autonomía mucho más avanzados que le permiten analizar el terreno en tiempo real y decidir por sí mismo cuál es la mejor trayectoria, reduciendo enormemente la necesidad de esperar instrucciones desde la Tierra. Esta capacidad resulta especialmente importante cuando las comunicaciones pueden tardar más de veinte minutos en recorrer la distancia entre ambos planetas. En ese intervalo, un vehículo completamente dependiente de los operadores terrestres apenas puede reaccionar ante un obstáculo inesperado.

También cambia la forma de moverse. Mientras Curiosity y Perseverance utilizan el conocido sistema de seis ruedas con suspensión rocker-bogie, ERNEST emplea únicamente cuatro ruedas, pero cada una puede elevarse y colocarse de forma independiente para superar rocas, escalones y pendientes que dejarían bloqueados a los rovers actuales. Durante las pruebas realizadas en marzo de 2026 recorrió unos 26 kilómetros a través del desierto, enfrentándose a dunas, pendientes pronunciadas y terrenos muy irregulares con una intervención mínima de los ingenieros. Manteniendo ese ritmo, en los cinco años que Perseverance lleva explorando Marte, ERNEST habría podido recorrer cerca de 300 kilómetros.

Esto indica que la mejora más llamativa quizá sea la velocidad. ERNEST alcanzó aproximadamente un kilómetro por hora, unas diez veces más rápido de lo que normalmente pueden desplazarse Perseverance o Curiosity cuando atraviesan terrenos difíciles. Puede parecer poco comparado con un automóvil, pero para un rover planetario supone un cambio enorme. Así en un lustro, la vida de Perseverance, ERNEST hubiera recorrido cerca de 300 km. Aunque el prototipo se está desarrollando pensando en la Luna y Marte, sus tecnologías podrían acabar viajando mucho más lejos.

La NASA las considera compatibles con futuras misiones destinadas a explorar regiones especialmente complicadas, como los cráteres permanentemente sombreados del polo sur lunar, donde podría esconderse hielo de agua, o terrenos montañosos marcianos que hasta ahora resultaban demasiado peligrosos para un rover convencional. El proyecto también encaja con una tendencia cada vez más clara en la exploración espacial: combinar vehículos terrestres con nuevas plataformas aéreas.

El mejor ejemplo es Dragonfly, el gigantesco dron que la NASA lanzará hacia Titán en 2028. A diferencia de un rover tradicional, Dragonfly podrá despegar, recorrer varios kilómetros por el aire y aterrizar en distintos puntos para estudiar la química prebiótica de la mayor luna de Saturno. Durante décadas, enviar un rover significaba aceptar una limitación inevitable: explorar lentamente. Los nuevos sistemas de autonomía, la inteligencia artificial y diseños mecánicos como el de ERNEST empiezan a cuestionar esa idea.

Quizá dentro de unos años los exploradores espaciales ya no sean simples vehículos que esperan instrucciones desde la Tierra. Serán auténticos compañeros de exploración capaces de decidir por sí mismos qué roca merece la pena analizar, qué pendiente pueden subir y cuál es el mejor camino para descubrir un mundo que ningún ser humano ha pisado jamás. La nueva generación de rovers que la NASA ya está testando se convertirá en el modelo de exploración en otros planetas.  

Han pasado más de 50 años desde que el primer rover, el soviético Lunokhod 1 tocara suelo lunar y, a lo largo de 322 días recorriera 10 km. Así se inició nuestra exploración espacial más cercana por decirlo de algún modo. Ya no fotografiábamos o analizábamos con telescopios e instrumentos: enviábamos tecnología directamente al lugar elegido. Desde entonces 7 rovers lunares, otros tanto en Marte (el primero el Sojourner en 1997) y tres que exploraron asteroides se han sumado a la lista.

A lo largo de medio siglo estos “navegadores planetarios” nos han permitido pisar objetos estelares con una filosofía común: avanzar despacio, pensar mucho y no correr riesgos innecesarios. Ha sido una estrategia extraordinariamente eficaz. Gracias a ella, vehículos como el mencionado Sojourner, Spirit, Opportunity, Curiosity o Perseverance han sobrevivido durante años en uno de los entornos más hostiles del sistema solar. Pero también tiene un precio: la velocidad.

En un buen día, Perseverance apenas recorre unas decenas o cientos de metros. Antes de cada desplazamiento, ingenieros situados a millones de kilómetros estudian fotografías del terreno, planifican la ruta y envían instrucciones que el vehículo ejecutará horas después. Es una forma de conducir extremadamente prudente. La NASA quiere cambiar eso.

En el desierto de Colorado, ingenieros del Jet Propulsion Laboratory están probando un nuevo prototipo llamado ERNEST (siglas de Vehículo Explorador para Navegar por Terrenos con Pendientes Extremas.), un vehículo que podría convertirse en el modelo de los futuros exploradores destinados a la Luna, Marte e incluso otros mundos del sistema solar.

La principal diferencia respecto a los actuales no está en su aspecto, sino en su cerebro. ERNEST incorpora sistemas de autonomía mucho más avanzados que le permiten analizar el terreno en tiempo real y decidir por sí mismo cuál es la mejor trayectoria, reduciendo enormemente la necesidad de esperar instrucciones desde la Tierra. Esta capacidad resulta especialmente importante cuando las comunicaciones pueden tardar más de veinte minutos en recorrer la distancia entre ambos planetas. En ese intervalo, un vehículo completamente dependiente de los operadores terrestres apenas puede reaccionar ante un obstáculo inesperado.

También cambia la forma de moverse. Mientras Curiosity y Perseverance utilizan el conocido sistema de seis ruedas con suspensión rocker-bogie, ERNEST emplea únicamente cuatro ruedas, pero cada una puede elevarse y colocarse de forma independiente para superar rocas, escalones y pendientes que dejarían bloqueados a los rovers actuales. Durante las pruebas realizadas en marzo de 2026 recorrió unos 26 kilómetros a través del desierto californiano, enfrentándose a dunas, pendientes pronunciadas y terrenos muy irregulares con una intervención mínima de los ingenieros. Esto es casi la misma distancia que recorrió Perseverance… en cinco años.

Esto indica que la mejora más llamativa quizá sea la velocidad. ERNEST alcanzó aproximadamente un kilómetro por hora, unas diez veces más rápido de lo que normalmente pueden desplazarse Perseverance o Curiosity cuando atraviesan terrenos difíciles. Puede parecer poco comparado con un automóvil, pero para un rover planetario supone un cambio enorme. Así en un lustro, la vida de Perseverance, ERNEST hubiera recorrido cerca de 300 km. Aunque el prototipo se está desarrollando pensando en la Luna y Marte, sus tecnologías podrían acabar viajando mucho más lejos.

La NASA las considera compatibles con futuras misiones destinadas a explorar regiones especialmente complicadas, como los cráteres permanentemente sombreados del polo sur lunar, donde podría esconderse hielo de agua, o terrenos montañosos marcianos que hasta ahora resultaban demasiado peligrosos para un rover convencional. El proyecto también encaja con una tendencia cada vez más clara en la exploración espacial: combinar vehículos terrestres con nuevas plataformas aéreas.

El mejor ejemplo es Dragonfly, el gigantesco dron que la NASA lanzará hacia Titán en 2028. A diferencia de un rover tradicional, Dragonfly podrá despegar, recorrer varios kilómetros por el aire y aterrizar en distintos puntos para estudiar la química prebiótica de la mayor luna de Saturno. Durante décadas, enviar un rover significaba aceptar una limitación inevitable: explorar lentamente. Los nuevos sistemas de autonomía, la inteligencia artificial y diseños mecánicos como el de ERNEST empiezan a cuestionar esa idea.

Quizá dentro de unos años los exploradores espaciales ya no sean simples vehículos que esperan instrucciones desde la Tierra. Seránauténticos compañeros de exploración capaces de decidir por sí mismos qué roca merece la pena analizar, qué pendiente pueden subir y cuál es el mejor camino para descubrir un mundo que ningún ser humano ha pisado jamás. Noticias de Tecnología y Videojuegos en La Razón

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