Juan Zavala y Javier Morales reconstruyen en El otro Chiquito el insólito pleito del humorista por Lucas Grijander y descubren el sufrimiento que escondió quien había alcanzado la fama después de una vida de precariedad: «Vio que todo lo que había logrado estaba en peligro» Leer Juan Zavala y Javier Morales reconstruyen en El otro Chiquito el insólito pleito del humorista por Lucas Grijander y descubren el sufrimiento que escondió quien había alcanzado la fama después de una vida de precariedad: «Vio que todo lo que había logrado estaba en peligro» Leer
Durante años se contó como una de esas historias que sólo podían ocurrir alrededor de Chiquito de la Calzada. Casi como otro de sus chistes. El hombre que había conseguido que media España caminara como él, hablara como él y repitiera «fistro», «pecador» o «no puedor» llevó a los tribunales a Telecinco y a la productora de Pepe Navarro por considerar que personajes como Lucas Grijander, la imitación que Florentino Fernández popularizó en Esta noche cruzamos el Mississippi, plagiaban su creación. Parecía el último gran disparate del universo Chiquito. No lo fue.
«Siempre se había tratado en tono de broma», explican Juan Zavala y Javier Morales, directores y guionistas de El otro Chiquito, documental Original Movistar Plus+ en colaboración con Globomedia. Ellos mismos conocían aquel litigio como una divertida anécdota hasta que empezaron a hablar con quienes habían estado cerca de Gregorio Sánchez, el nombre real de Chiquito de la Calzada. Entonces apareció la otra historia. «Su entorno nos contó que había sido motivo de un gran sufrimiento para Chiquito de la Calzada».
Y ahí encontraron el documental.
Porque detrás de aquel hombre que hacía reír hasta antes de empezar un chiste había alguien que llegó tardísimo al éxito y demasiado pronto a tener miedo de perderlo. Chiquito había pasado prácticamente toda su vida como cantaor, viajando y actuando, había conocido la precariedad y, recuerdan Zavala y Morales, incluso el hambre. De repente, con más de 60 años, alcanzó un éxito que jamás había imaginado. Pudo cumplir uno de sus sueños: comprar una casa con vistas al mar para compartirla con Pepita, su mujer. Y justo entonces vio cómo aquello que había creado empezaba a multiplicarse en otras manos.
«Vio que todo eso que había logrado estaba en peligro», explican los directores. Lo que para el espectador podía ser una imitación más, para él se convirtió en algo muy distinto: «El robo de su identidad» y la amenaza de una posición artística y económica que le había costado una vida alcanzar. La paradoja es demoledora: el hombre que había llegado a millones de personas haciendo reír sufría precisamente por aquello que provocaba la risa.
Ese descubrimiento explica la singular estructura de El otro Chiquito. La idea inicial de Diego San José, Globomedia y Movistar Plus+ era hacer un documental sobre el humorista huyendo deliberadamente del biopic. El pleito les proporcionó el esqueleto perfecto. Zavala y Morales lo construyen como una suerte de true crime en el que cada entrevistado comparece casi como un testigo y en el que el presunto delito es insólito: el robo de una identidad humorística. «Hay un presunto atraco, que fue el robo de identidad, y un juicio para determinar si eso ha sido así o no», resumen.
Por ese particular tribunal pasan Florentino Fernández y Pepe Navarro, pero también personas cercanas al humorista como Manolo Sarria y Paz Padilla, junto a José Mercé, Ramón García, Juan y Medio, Celia Villalobos, Nieves Herrero, Manuel Campo Vidal, Manuel Jabois, Luz Sánchez-Mellado o Mariola Cubells. Y Mario Conde, responsable de una de las mayores sorpresas que se llevaron los directores durante la investigación: la desconocida amistad que mantuvo con Chiquito antes incluso de que éste alcanzara la fama.
«Venían de mundos y orígenes sociales totalmente opuestos», recuerdan. Sin embargo, se conocieron antes del fenómeno televisivo y entre ambos nació una relación profunda. «La admiración que Mario Conde nos traslada hacia Chiquito fue para nosotros una sorpresa total». Dos Españas aparentemente imposibles de juntar unidas por Gregorio Sánchez.
Porque El otro Chiquito también intenta responder a una pregunta mucho más difícil que la que llegó a los tribunales: ¿quién era exactamente Chiquito de la Calzada?
No es una cuestión menor. De ella dependía incluso parte del conflicto jurídico. Si Chiquito era un personaje, entraba en el terreno de la propiedad intelectual; si era una persona, podía ser parodiado. Y ni siquiera después de sumergirse durante meses en su archivo Zavala y Morales tienen una respuesta rotunda.
«Es muy difícil encontrar documentación en la que Chiquito de la Calzada no sea Chiquito de la Calzada». Hay muy pocas entrevistas en las que Gregorio abandone la máscara. Los directores encontraron algunas, con Pedro Ruiz o Jesús Quintero, en las que hablaba con mayor seriedad de su infancia y de su vida. Pero sucedía algo revelador: «En cuanto entra en un terreno delicado, se refugia en el humor, en Chiquito de la Calzada».
Quizá porque la máscara nunca fue exactamente una máscara.
Zavala y Morales descubrieron imágenes anteriores a la fama en las que ya estaban sus gestos, sus movimientos, aquella manera imposible de andar. «No se inventó el personaje cuando salió en televisión. Ese personaje o esa persona existía ya mucho antes«. Su interpretación, insisten en que personal y no jurídica, es que Chiquito era simplemente «una faceta de la personalidad de Gregorio».
El documental tampoco se entiende sin la España en la que ocurrió todo. La llegada de las televisiones privadas, la guerra por las audiencias entre Telecinco y Antena 3 y un país que, después de la euforia de Barcelona 92 y la Expo de Sevilla, entraba en una crisis económica. En ese escenario apareció aquel hombre de Málaga que rompía cualquier regla conocida del humor y consiguió algo hoy prácticamente inconcebible: convertirse en un lenguaje común.
Los directores creen que un fenómeno semejante sería imposible actualmente. No necesariamente porque ya no necesitemos reírnos -quizá al contrario-, sino porque ya no miramos todos hacia el mismo sitio. «La audiencia está muy fragmentada», explican. «Cada uno vive en su burbuja». En los años 90, millones de personas compartían las mismas cadenas y los mismos programas. Chiquito entró por esa rendija y acabó atravesando clases sociales, edades e ideologías. Tras su muerte, recuerdan Zavala y Morales, recuperaron mensajes de políticos de prácticamente todos los partidos. «Ahí se demuestra que era una persona querida por todo el mundo».
El otro Chiquito acaba regresando así al lugar del que partió: aquel estrambótico juicio por Lucas Grijander. Pero ya no parece tan estrambótico. Detrás estaba un hombre que había tardado toda una vida en alcanzar algo que nunca creyó posible y que, cuando por fin lo consiguió, temió que se lo arrebataran.
Y queda una pregunta que probablemente sea la única que Chiquito no habría podido resolver con uno de sus «no puedor»: cuando una creación consigue que todo un país hable, gesticule y se ría como ella, ¿sigue perteneciendo sólo a quien la creó?
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