En los municipios madrileños con menos de mil habitantes, las boticas se han convertido en el único recurso sanitario permanente. Un nuevo programa refuerza ahora su labor asistencial para que puedan realizar seguimientos clínicos, asistir a domicilio y combatir la soledad en zonas marcadas por el aislamiento y el envejecimiento poblacional Leer En los municipios madrileños con menos de mil habitantes, las boticas se han convertido en el único recurso sanitario permanente. Un nuevo programa refuerza ahora su labor asistencial para que puedan realizar seguimientos clínicos, asistir a domicilio y combatir la soledad en zonas marcadas por el aislamiento y el envejecimiento poblacional Leer
Para los que viven en la vorágine de las grandes ciudades, coger el coche y escaparse el fin de semana a pueblos pequeños a poco más de una hora de distancia es un respiro emocional. Pero a veces se nos olvida que en esos pueblos viven personas todo el año, gente que necesita los mismos servicios pero tiene menos disponibilidad para acceder a ellos. De los 70 municipios con menos de 2.500 habitantes de la Comunidad de Madrid (que engloban a más de 63.000 personas), solo dos, Rascafría y Buitrago de Lozoya, disponen de centro de salud. En la Sierra Norte de Madrid existen muchos pueblos con menos de 1.000 habitantes, como en el corazón del Valle del Lozoya, donde los kilómetros se miden en curvas y el hospital más cercano puede estar a casi una hora de trayecto. En pueblos como Canencia o Lozoya, la atención a la salud se encuentra tras el cristal que ilumina una cruz verde.
En esos 70 pueblos madrileños hay 51 farmacias (los otros muchas veces están cubiertos por un botiquín). Aparte de la visita un par de días a la semana de un médico y/o enfermera, estas boticas son el único punto de acceso al sistema sanitario y desempeñan un papel imprescindible en la vida, la salud y el bienestar de sus habitantes. «Si nos quitaran la farmacia por lo que sea, nos quedaríamos desamparados. Mucha gente está sola y se pasa a por su medicación y le cuenta sus cosas a Montse, que habla con ellos y no se sienten tan solos», explica Pilar (64 años), vecina de Canencia.
La mañana está fresca pero soleada en este pueblo de poco más de 500 habitantes, que por ahora no se dejan ver por la botica. «Es que hoy viene el Ofibús», recalca Montserrat Rodríguez Sánchez, la farmacéutica de Canencia. «Aquí la cosa va por días: lunes y jueves viene el médico; el martes los del banco y el mercadillo al que viene el frutero; el miércoles, el butano; y el viernes otro mercadillo al que vienen otros puestos», explica Montse, como la conoce todo el pueblo, en el que lleva ya casi 23 años. «Yo no quería estreses, quería algo cómodo y esto lo es, aunque tiene mucho trabajo porque no tengo a nadie, estoy sola y yo me encargo de hacer caducidades, de limpiar, de hacer pedidos…».
Y de atender casi 24/7 porque vive encima de la farmacia y siempre está disponible para sus vecinos. Es farmacéutica, pero también la que explica las instrucciones del médico cuando los pacientes no se acuerdan cómo tomar una medicación. «Cuando vienes cada mes a por las pastillas, ella te pone en la caja para qué sirve y el día que tienes que volver el mes siguiente a por la medicación para que no se te pase», asegura Pilar. Su botica es, asimismo, una consulta de psicología: los vecinos van a contarle sus penas y charlar un rato, y ella detecta si alguien necesita ayuda. «Es un pueblo pequeño y está la cosa del qué dirán porque todos nos conocemos y nadie quiere que se sepa si empieza a ser dependiente, la mayoría porque están entrando en demencias, y hay que tener cuidado en cómo decir las cosas y ofrecer ayuda«.
A unos 13 kilómetros, en Lozoya, tiene su farmacia Francisca Ayuso Ginés, Paqui para todos los que llevan siendo atendidos por ella 26 años en esta botica cerca de la Plaza Mayor. El establecimiento parece el epicentro de la vida social del pueblo: Ángeles (82 años), María (68), Carmen (60), Maribel (69), Mari Carmen (80) y Rosario (71) acompañan a Paqui. Son vecinas, amigas y pacientes. Como Montse, Paqui vive encima de la farmacia y está siempre para sus poco más de 600 vecinos «salvo la tarde del sábado y del domingo». Aunque si alguien la llama o la requiere, ahí está. «Si es una urgencia, antes de irte a otro pueblo la llamas», dicen todas. «La gente suele ser respetuosa. Te molestan más los de fuera que vienen en verano, por ejemplo, cuando se triplica la población», subraya Paqui. Estuvo casi ocho años sin vacaciones, ahora se va en septiembre cuando cae la actividad.
Para sus vecinas, es como «el segundo médico». «A veces el primero, por lo menos para mí», afirma Rosario. Y eso que en Lozoya el médico va unas horas todos los días. Pero Paqui siempre está para resolver las dudas y olvidos, también con ese toque de psicóloga. La labor de vigilancia hacia los residentes más mayores o vulnerables es vecinal. Queda claro cuando boticaria y parroquianas saludan a una vecina de más de 90 años y cuentan su rutina. «Baja y se toma el café con los amigos. Luego sube a las 2 y saluda a Paqui, o se queda a comer en el bar con un programa que hay de comida para mayores», relatan. «Según le apetezca se sube a casa o come y se sube a las 3 y pico, porque la tengo yo controlada, vive al lado», incide una de ellas. Y luego está la terapia del ganchillo, de la que forma parte, ‘club’ que lleva 12 años en activo y hace un Belén gigante que se pone en Navidad. Estos días todas ellas se están juntando para hacer las alfombras del Corpus.
Todos esos servicios profesionales los llevan años realizando los farmacéuticos por puro compromiso personal con sus vecinos. El Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid (COFM) arranca el próximo mes un nuevo convenio con la Comunidad de Madrid (CAM) para aumentar las competencias asistenciales de las farmacias en los municipios madrileños de menos de 2.500 habitantes. La iniciativa Servicios farmacéuticos asistenciales en la farmacia rural se enmarca dentro del proyecto Pueblos con Vida de la Consejería de Presidencia, que trata de atraer nuevos vecinos y mejorar la vida en las localidades de menos de 20.000 habitantes.
El COFM pensó que debía ir más allá de las ayudas económicas y aumentar las competencias de los farmacéuticos para tener una continuidad asistencial de los vecinos en coordinación y comunicación con los médicos, además de remunerar esos servicios profesionales. «No es cuestión de quitarle competencias a nadie, sino de colaborar para mejorar la salud de los madrileños», hace hincapié Manuel Martínez del Peral, presidente del COFM.
Esta iniciativa que refuerza y reconoce el papel sanitario y social de las farmacias comunitarias tiene cuatro pilares. En primer lugar, la Atención Farmacéutica Domiciliaria, que permite que en determinados casos cuando el paciente no tenga capacidad de moverse, el farmacéutico pueda llevarle la medicación a casa. «Pero esto no puede convertirse en un delivery de medicamentos, no es ese servicio», remarca Martínez del Peral. En segundo lugar, los SPD (Sistemas Personalizados de Dosificación), que son una especie de pastilleros. Además del dispositivo tipo blíster que incluye todos los días de la semana y las posibles tomas (desayuno, comida, merienda y cena), hay un control informatizado de los pacientes.
«No todos quieren adherirse porque implica que en la farmacia custodiamos su medicación y les vamos dando los SPD semanalmente, y algunas personas no quieren que les quiten sus cajas de fármacos», señala Montse. Paqui cuenta que ya hace pastilleros en algunos casos porque el médico se lo ha pedido, como en el caso de Ventura, un vecino de 83 años que toma el sol en un banco frente a la farmacia antes de seguir con su recorrido matinal y su visita al bar del pueblo.
Esos dos puntos vienen recogidos en los artículos 13 (atención domiciliaria) y 14 (SPD) de la Ley 13/2022 de 21 de diciembre de Ordenación y Atención Farmacéutica de la Comunidad de Madrid, normativa aprobada que requiere justo en esos aspectos un desarrollo reglamentario que especifique los protocolos exactos, los requisitos técnicos y cómo se va a remunerar el servicio. Es la manera de que el farmacéutico pueda llevar la medicación al domicilio en casos concretos ya que hasta ahora no se podía, aunque en estos pueblos los boticarios los llevaran en calidad de vecinos al conciudadano que está en cama con ciática.
Los otros dos pilares de la iniciativa son la capacidad de tomar parámetros biomédicos, por ahora, la tensión arterial, «aunque más adelante podría ser glucosa y ya iríamos aumentando, por ejemplo, creatinina. Esa información se traslada a una plataforma compartida con el médico en el centro de salud, y así evitamos que una persona mayor tenga que desplazarse kilómetros para eso». El cuarto pilar es la cardioprotección: instalar desfibriladores en las fachadas de las farmacias y formar no solo a los farmacéuticos, «sino a parte del pueblo, como puede ser el propietario del bar y los otros comercios locales». La instalación y formación se ha estado haciendo estos meses (desde enero) -a Paqui tienen que instalarle la máquina en breve y Montse ya tiene uno de un programa anterior del COFM, aunque en el interior de la farmacia, por lo que es posible que acabe sacándolo a la fachada-.
Otros proyectos que ponen sobre la mesa la importancia de los farmacéuticos son prevecolon, el Programa de Detección Precoz de Cáncer de Colon y Recto de la CAM. Los farmacéuticos empezaron a dispensar los kits en enero y «en los dos primeros meses las farmacias de Madrid dispensaron de manera informada a los pacientes 200.000 test, que es lo mismo que se hizo en un año entero en los centros de salud«, asegura el presidente del COFM.
Otra iniciativa comenzó el mes pasado en Collado Villalba, usando precisamente los SPD para prevenir la soledad no deseada. «La farmacia entrega la medicación semanal y revisa que se la ha tomado o si no la ha tomado le explicamos la importancia de hacerlo y además cuando corresponde: si se toma el diurético por la noche en vez de por la mañana, va a estar levantándose a hacer pis a menudo, se levantará a oscuras, se puede caer…», explica el presidente del COFM. «Va asociado a una pequeña encuesta donde se pregunta si notan al paciente más faltos de higiene, si ha comentado que no ve nunca a la familia, si tiene problemas de atención, etc. y permite dar la voz de alarma a los servicios sociales«, relata Martínez del Peral, que busca revalidar este domingo su mandato al frente del colegio de los farmacéuticos madrileños en una cita electoral para la que los colegiados han podido acercarse a votar toda la semana.
Para los vecinos de la sierra madrileña esos proyectos tienen la cara de Montse y Paqui: no solo las profesionales que les aconsejan y les escuchan, sino las vecinas que cuando Filomena impidió muchos servicios por la acumulación de nieve siguieron accesibles. Ángeles desde su andador recalca: «Paqui ya es de casa, ya no es farmacéutica solo, es nuestra. Si tengo que ir al médico, voy, pero antes siempre le pregunto a ella». Mientras los farmacéuticos mantengan encendida la cruz verde, los pueblos de la sierra madrileña seguirán llenos de vida.
Ciencia y salud // elmundo


