Ben Lamm, director de la empresa, cree que faltan entre cinco y siete años para recuperar esta ave que se extinguió en el XVII. El objetivo es crear una criatura que se le parezca lo más posible mediante técnicas de ingeniería genética que ya están dando los primeros resultados. La misma empresa que está intentando ‘desextinguir’ al mamut Leer Ben Lamm, director de la empresa, cree que faltan entre cinco y siete años para recuperar esta ave que se extinguió en el XVII. El objetivo es crear una criatura que se le parezca lo más posible mediante técnicas de ingeniería genética que ya están dando los primeros resultados. La misma empresa que está intentando ‘desextinguir’ al mamut Leer
Antes y después de su desaparición, el aspecto bonachón de este pájaro le ha reportado toda clase de burlas, desprecios e incomprensión. Mucho antes de que aniquilasen la especie, los marinos portugueses y holandeses la tomaron con aquel pájaro extravagante que encontraron en Mauricio en el siglo XVI. Grandullón, de torpes andares, era incapaz de volar y consideraron estúpido su comportamiento, al no escapar cuando se le perseguía. La persecución humana y el acoso de los animales domésticos importados en esta isla perdida en mitad del océano Índico, como cerdos, gatos y ratas, acabaron por extinguir a la magnífica ave en la segunda mitad del XVII.
Tres siglos después de su desaparición, la empresa de biotecnología estadounidense Colossal Biosciences ha cambiado los garrotes y piedras que acabaron con el dodo, por microscopios, tubos de ensayo, matraces y novedosas técnicas genéticas. Buscan reparar su pérdida y desextinguir la especie. O, al menos, crear una criatura que se le parezca lo más posible mediante complejas técnicas de ingeniería genética que ya está dando los primeros resultados.
La primera referencia del dodo (Raphus cucullatus) se remonta a 1598. El origen del nombre común con el que fue bautizado prueba hasta qué punto se le ridicularizó. Según algunos procede del vocablo luso doudo, que significa loco, en alusión a su aspecto desaliñado. Para otros deriva del neerlandés doodars, es decir, culo gordo. El ave no despertó mayor atención que su captura a garrotazos para comérselo y llevar algunos ejemplares a los museos y gabinetes de curiosidades, o cuartos de maravillas, que proliferaron en la aristocracia europea entre los siglos XVI y XVIII. El último avistamiento de un ejemplar vivo fue en 1662, aunque posiblemente algunos ejemplares sobrevivieron en áreas apartadas un tiempo.
Cuando fue descubierto, al dodo se le consideró un ganso exótico. También fue emparentado con los avestruces, confundido con un buitre, un albatros y una limícola, y en Europa hasta que no llegaron los primeros ejemplares se dudó de su existencia, considerándolo un ser legendario. No fue hasta que en 1842 el biólogo danés Johannes Theodor Reinhardt, a partir de unos restos conservados en el Museo de Historia Natural de Copenhague, encuadró al ave dentro de las colúmbidas. Determinó que el dodo era primo de tórtolas y palomas; la paloma más grande de la historia, con una talla cercana al metro de altura y un peso en torno a 20 kilos.
Lo poco que sabemos del dodo procede de los relatos e ilustraciones del XVII. Más o menos fieles a la realidad, copiados unos de otros, como hoy representamos al ave no se corresponde a como fue en realidad. Menos aún se conoce su ecología. Su comportamiento tranquilo era debido a la ausencia de predadores en la isla, lo que posiblemente influyó en la pérdida de su capacidad de vuelo y que las hembras solo pusieran un huevo al año. Se considera que desarrolló un pico poderoso para cascar semillas, abrir cocos, romper los caparazones de cangrejos, escarbar en el suelo rocoso y obtener las raíces y bulbos que constituían su alimento, así como para fragmentar las rocas que tragaba para facilitar su digestión.
La indiferencia con que fue tratado en vida el dodo, una vez que se extinguió mutó primero a curiosidad, luego a franca admiración. Los primeros renglones de esta nueva manera de mirar al ave los escribió Lewis Carroll en 1865. En cierta medida, el escritor británico resucitó y popularizó para siempre al dodo, cuando en Alicia en el País de las Maravillas incluyó entre los personajes a un dodo tartamudo y atolondrado.
Un siglo después, la Warner Bros crea la animación Porky in Wackyland, en la que el cerdito protagonista captura al último dodo, en un curioso remedo de lo que pasó en la realidad. En 1951, Walt Disney retoma el relato de Carroll, otorgando al ave el mismo aspecto simpático y a la vez ridículo.
Alejados de tales divertimentos y apoyados en los datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, UICN, que señalan que el 38% o de las especies están al borde de la extinción, los de Colossal Biosciences aseguran que su interés final es revertir esta tendencia, con la reconstrucción de organismos genéticamente similares a los desaparecidos: «Buscamos fusionar la biodiversidad del pasado con las innovaciones actuales para crear un futuro más sostenible».
En el proceso de desextinción del dodo, los genetistas emplean las mismas técnicas I+D que les han permitido reconstruir al lobo terrible, cánido que pobló el continente americano hace 10.000 años. En abril de 2025 se proclamó el nacimiento de los cachorros Rómulo, Remo y Khaleesi, suceso que mereció la portada del Times y ha sido calificado como «una hazaña monumental de la ingeniería genómica».
Además del lobo terrible y el dodo, los laboratorios de Colossal se aplican en la reconstrucción de un puñado de otras especies extintas: el mamut lanudo, desaparecido hace 4.000 años, el tilacino o tigre de Tasmania, extinguido a principios del siglo XX por la caza, y la moa, gigantesca ave no voladora de tres metros de altura que vivió en Nueva Zelanda, también desaparecida hace 500 años por la presión humana.
En el caso del dodo, el primer paso fue secuenciar y ensamblar el ADN del dodo. Se logró a partir de muestras obtenidas de un cráneo conservado en el Museo de Historia Natural de Dinamarca. A continuación se buscó entre las aves vivas la de mayor proximidad genética con el pájaro extinto. Las pesquisas determinaron que la paloma de Nicobar (Caloenas nicobarica), ave arborícola que habita en algunas islas del archipiélago Andamán, cercano a India, es su pariente vivo genéticamente más cercano.
Colossal Biosciences ha logrado también editar células germinales primordiales de la paloma de Nicobar. Estas células constituyen el material genético precursor de óvulos y espermatozoides. Ha sido posible a partir de una colonia de estas palomas criadas en Texas, en las que se han inducido sucesivos cambios en el ADN, para aproximarlo lo más posible al obtenido del dodo de Dinamarca.
Al tiempo, se han modificado genéticamente pollos de gallina doméstica, para que no produzcan sus propias células germinales. El siguiente paso es inyectar células madre de paloma en estas gallinas, que actuarán como hembras sustitutas de dodo. Cuando sus pollos eclosionen, sus óvulos y espermatozoides tendrán un genoma similar al del dodo.
Tras reconocer la dificultad de aplicar estas técnicas en aves, Beth Safiro, científica jefa de Colossal, se muestra satisfecha y segura del resultado final: «Es un avance muy emocionante. Será un proceso lento, cuidadoso y preciso, no vamos a arrojar un día miles de dodos en Mauricio».
Ben Lamm, director ejecutivo de la empresa genética ha señalado que creen que faltan «entre cinco y siete años para que regrese el dodo».
Algunos científicos cuestionan la recreación de especies editadas genéticamente. Consideran en primer lugar que no son exactamente iguales a las extintas, sino más o menos parecidas. De igual modo, señalan que los ecosistemas en los que aquellas vivieron han desaparecido, o se han transformado profundamente por la presión humana y los cambios del clima. Es posible que su aspecto se parezca al original, señalan, pero no se puede saber cómo se van a enfrentar sus genes a un ecosistema que les es extraño. Dudan si el destino de estos seres híbridos es acabar en zoológicos.
Símbolo sobresaliente de la fragilidad de la biodiversidad, el dodo goza de idéntico ascendente en nuestra sociedad que el panda gigante, aunque de significado completamente opuesto. Mientras el oso asiático representa la esperanza y, de momento, el éxito en la conservación de una especie que estuvo a las puertas de la extinción, el ave mascareña es la imagen de lo contrario: la desaparición insensata de un ser único por nuestra culpa. El dodo posee el triste récord de ser la especie animal que menos tiempo ha tardado en extinguirse desde que fue descubierta por el hombre: 100 años.
Hoy se sabe que, por encima de los atractivos turísticos de la paradisiaca Mauricio, el mayor tesoro de la isla son las 600 especies que solo viven en ella, igual que hace tres siglos la habitaba el dodo. Con mayor o menor interés y fortuna, se intenta evitar que tengan la misma suerte de esta criatura, imagen de los agujeros negros que el ser humano abre en la biodiversidad.
Tarde o temprano, los de Colossal Biosciences, o los de otra empresa similar, lograrán la desextinción de la legendaria ave. Mientras llega, los únicos dodos que hoy tenemos sobre la faz de la tierra son los cómicos y entrañables pájaros dibujados en las etiquetas de la cerveza más popular de la cercana isla Reunión. Brindemos con ella, al menos, para que ninguna otra especie siga su triste senda.
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