
Cada septiembre, la ONU reúne a los líderes del mundo y repite el lamento por un orden basado en reglas que se desmorona. Una regla solo obliga mientras incumplirla delante de los demás resulte vergonzoso, en ese lugar que Hannah Arendt llamaba el espacio de aparición, donde todos nos mostramos ante los demás, fuera de la tribu, y aceptamos ser vistos y juzgados. Mientras ese lugar existió, las normas se violaban con disimulo. Hoy se violan a la vista de todos, porque ya nadie habla ante los otros. El jueves, esa pérdida adoptó la forma de un soliloquio. Cuando Netanyahu se acercaba al atril de la Asamblea General, decenas de delegaciones abandonaron la sala. Él esperó a que se apagara el murmullo e invitó a marcharse a cualquier otro “cobarde moral” que quedara en la sala. Más que lamentar el vacío, parecía celebrarlo, como quien sabe que no habla para los que tiene delante: Israel vota en octubre, y pocas imágenes le convenían más a Netanyahu que la de líder solo ante un mundo hostil. Esa soledad le servía también para algo más hondo: conservar para sí todo el lugar de la víctima.
Necesitamos un espacio común donde toda violencia pueda ser juzgada, también si la ejerce Israel
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Necesitamos un espacio común donde toda violencia pueda ser juzgada, también si la ejerce Israel
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Cada septiembre, la ONU reúne a los líderes del mundo y repite el lamento por un orden basado en reglas que se desmorona. Una regla solo obliga mientras incumplirla delante de los demás resulte vergonzoso, en ese lugar que Hannah Arendt llamaba el espacio de aparición, donde todos nos mostramos ante los demás, fuera de la tribu, y aceptamos ser vistos y juzgados. Mientras ese lugar existió, las normas se violaban con disimulo. Hoy se violan a la vista de todos, porque ya nadie habla ante los otros. El jueves, esa pérdida adoptó la forma de un soliloquio. Cuando Netanyahu se acercaba al atril de la Asamblea General, decenas de delegaciones abandonaron la sala. Él esperó a que se apagara el murmullo e invitó a marcharse a cualquier otro “cobarde moral” que quedara en la sala. Más que lamentar el vacío, parecía celebrarlo, como quien sabe que no habla para los que tiene delante: Israel vota en octubre, y pocas imágenes le convenían más a Netanyahu que la de líder solo ante un mundo hostil. Esa soledad le servía también para algo más hondo: conservar para sí todo el lugar de la víctima.
Al llamar cobardes a quienes se marchaban, exprimía su posición de víctima y, como decía Sánchez-Ferlosio, apuraba hasta la última gota la ocasión de cargarse de razón. Cada desplante se convierte en prueba de su verdad, y su victimización en algo sagrado que no admite réplica. Cualquier agravio sirve para acumular autoridad moral. Solo desde ahí puede conservar para sí, de forma permanente, el lugar de los ofendidos. Si nuestra ética política parte, como advierte Judith Butler, de que solo un grupo ocupa ese lugar de víctima de forma permanente, todo lo que haga queda protegido de antemano. Pero ser víctima no es una identidad, sino una posición que depende de lo que ocurre; por eso necesitamos un espacio común donde toda violencia pueda ser juzgada, también si la ejerce Israel. Las palabras de Netanyahu no eran un adorno, sino el marco que le permitía hablar solo a los suyos. En el léxico de la patria, la fuerza, la supervivencia y el destino, el sujeto es la nación amenazada, la perfecta víctima perpetua. En el derecho internacional, el sujeto moral es la población civil, y el lugar de la víctima pasa de unos a otros según lo que dictan los hechos. Ese es el lenguaje de la esfera pública que el multilateralismo encarna. Quien habla con el primero ya se ha salido de ella, aunque siga tras el atril.
Pero quien solo habla a los suyos pierde además la mirada de los otros, la que permite verse desde fuera. Por eso Netanyahu no oye cómo suenan ante el mundo sus propias palabras. Preguntó qué genocida permite la entrada de vacunas y de alimentos. Ante los suyos sonaba a generosidad, pero fuera de ese círculo sonaba a otra cosa, porque quien permite comer decide si se come, y eso es lo que le imputa el Tribunal Penal Internacional al incluir en su orden de arresto el uso del hambre como arma de guerra. Para los suyos, llamar cobardes morales a quienes se marchaban era decir que no se atrevían a oír la verdad, y permitir la entrada de alimentos era una prueba de generosidad. Fuera, solo oímos el altivo desprecio por el resto del mundo, la terrible confirmación de que en sus manos está que los gazatíes coman o no. Pero el mundo no desaparece porque uno deje de mirarlo. Lo que se dice para los nuestros acaba siendo oído, y juzgado, por todos. Para eso servía el multilateralismo: no solo para dictar reglas, sino para obligarnos a hablar ante quienes no creemos de los nuestros, y a escuchar lo que decimos con sus asombrados oídos.
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