El fallo de La Revuelta con Carmen Lomana que cualquier otro programa habría borrado

Las cámaras dejaron de funcionar durante casi tres minutos en plena entrevista y, aunque el programa se graba horas antes de su emisión, David Broncano decidió no cortar el fallo: una nueva muestra de esa rebeldía televisiva que es el ADN de La Revuelta Leer Las cámaras dejaron de funcionar durante casi tres minutos en plena entrevista y, aunque el programa se graba horas antes de su emisión, David Broncano decidió no cortar el fallo: una nueva muestra de esa rebeldía televisiva que es el ADN de La Revuelta Leer  

Durante casi tres minutos Carmen Lomana se convirtió en una fotografía. Una fotografía con voz, eso sí. La imagen de la invitada de La Revuelta de anoche se quedó completamente congelada mientras David Broncano, Lomana, Grison y Ricardo Castella seguían hablando como si nada. O, mejor dicho, como si aquello que estaba ocurriendo no fuese un problema sino una nueva posibilidad televisiva.

En casa, durante unos segundos, la reacción era inevitable: ¿se ha quedado colgada la televisión? ¿Es internet? ¿La señal de RTVE? ¿Qué demonios está pasando? No. Ni el televisor ni la conexión tenían la culpa. El problema estaba dentro del Teatro Albéniz. «Se han roto las cámaras. Es real, no es broma», explicó Broncano mientras el espectador continuaba contemplando aquella especie de retrato oficial de Carmen Lomana. Durante aproximadamente tres minutos sólo funcionó el sonido; después llegaron una pantalla verde, una blanca la carta de ajuste y, finalmente, el regreso a la normalidad.

Normalidad. Qué palabra tan poco apropiada para La Revuelta.

Porque lo verdaderamente sorprendente de lo ocurrido no fue que fallasen las cámaras. En televisión se rompen cámaras, micrófonos, conexiones, vídeos, pantallas y prácticamente cualquier aparato susceptible de enchufarse. Lo extraordinario fue que La Revuelta podía haber hecho lo habitual, a lo que la tele tiene acostumbrado a los espectadores, como si aquello jamás hubiera sucedido y decidió exactamente lo contrario.

El programa de David Broncano no se emite en directo. Se graba por la tarde del mismo día y posteriormente se monta para su emisión en La 1. Había, por tanto, una solución tan sencilla como convencional: cortar los minutos de avería y unir el antes y el después. Limpio. Profesional. Invisible. Lo que probablemente habría hecho cualquier otro programa.

Pero esto es La Revuelta.

«Si el audio está grabando, yo seguiría», soltó Broncano en cuanto comprendió que el vídeo había muerto, pero las voces seguían entrando. Y siguieron. Grison dio la bienvenida al «nuevo podcast de TVE»; Ricardo Castella aprovechó para lanzar el dardo: «Está feo que lo diga, pero antes con Movistar+ no pasaba». Y David Broncano terminó de tomar la decisión: «Yo emitiría esto tal cual, con un par de minutos con la imagen fija de Carmen Lomana«. Ella puso una única condición: «Si estoy guapa, sí».

Hasta un fallo técnico tiene que pasar por el filtro Lomana.

Además, el accidente tuvo una sincronización casi perfecta. Instantes antes de que las cámaras se fueran al garete, Carmen Lomana le había confesado a David Broncano que durante mucho tiempo había creído que él le tenía manía. «Cuando me has dicho que te tengo manía se han ido las cámaras como yo quería», se mofó el presentador. «Claro, porque soy un poco bruja, así que ten cuidado», respondió ella. Lomana había llevado incluso una vela de la Virgen del Carmen y llegó a proponer utilizarla para intentar solucionar el desaguisado.

La avería acabó convertida en contenido. Y ahí está la clave.

Ningún otro programa hubiera emitido esos tres minutos. O, al menos, muy pocos. Una imagen congelada durante semejante cantidad de tiempo es anatema en televisión. La televisión convencional está construida precisamente para evitar que el espectador tenga la sensación de que algo se ha roto. Se corta, se tapa, se edita, se repite, se pone un vídeo, una ráfaga, publicidad. Lo que sea. La maquinaria debe parecer perfecta aunque por detrás esté ardiendo.

La Revuelta decidió enseñar el incendio.

Y eso es probablemente lo que mejor define al programa de David Broncano después de dos temporadas y recién comenzada la tercera: su empeño en rebelarse contra las reglas de la televisión incluso cuando ya no queda ninguna regla contra la que rebelarse. Una especie de rebelde sin causa televisivo. El problema -o la virtud- es que la rebeldía de La Revuelta ya no sorprende como lo hacía antaño, porque rebeldía y Revuelta para los espectadores ya son como un sinónimo. Ya esperamos que haga lo que nadie haría. Esperamos que enseñe lo que otro programa cortaría. Esperamos que convierta un problema en una sección. Esperamos que el error sea parte del programa.

Y cuando esperas la rebeldía, la rebeldía deja de serlo.

El ejemplo más delirante ocurrió al final de su primera temporada en RTVE. La cadena pidió al equipo prolongar una semana las emisiones y ellos tenían las vacaciones organizadas. Solución: grabar cinco programas el mismo día, el 26 de junio de 2025, y decidir después en qué orden se emitirían. ¿Qué podía salir mal? Absolutamente todo. Y salió.

El programa emitido el lunes había sido el último que se había grabado; el que terminó llegando el jueves con Joaquín Reyes había sido, en realidad, el primero. David Broncano llegó a explicar durante aquella grabación que iría colocando los programas «sobre la marcha» según considerase que el puzle podía tener algún sentido narrativo. Ni los propios invitados sabían con certeza qué día iban a aparecer. El espectador terminó enfrentándose a una especie de Tenet de la televisión pública en la que los programas avanzaban mientras el tiempo retrocedía.

La propia cuenta de La Revuelta acabó recomendando en redes sociales que quien quisiera entender aquella semana la viera al revés, de jueves a lunes. Joaquín Reyes cerró el disparate pidiendo perdón por los posibles «fallos de raccord«.

En cualquier otro espacio, aquello habría sido considerado un monumental problema de producción. En La Revuelta se convirtió en el chiste de despedida.

No era la primera vez ni sería la última. En noviembre de 2024, cuando Jorge Martín se quedó sin acudir a última hora al programa en pleno enfrentamiento por su visita con El Hormiguero, Broncano y los suyos tuvieron que rellenar el hueco que había dejado la entrevista. ¿La solución? Doce minutos de imágenes de ciervos durante la berrea. Doce. Minutos. De. Ciervos. En el access prime time de La 1.

En otra ocasión se quedaron sin invitado y utilizaron directamente la cuenta del programa en X para pedir voluntarios famosos que pudieran presentarse aquella misma tarde en el teatro. Respondieron Angy Fernández, Mario Jefferson, Samantha Ballentines, Alcalá Norte y hasta la cuenta de una marca de arroz. Finalmente aparecieron, entre otros, Kiko Matamoros y Juan Gómez-Jurado. La emergencia de producción, otra vez, convertida en contenido antes incluso de que comenzara el programa.

Hasta la estructura del formato ha estado sometida a ese principio. En mayo de este mismo año Broncano decidió un día saltarse prácticamente todo el arranque habitual y meter directamente a Mercedes Milá. «Me he vuelto loco, lo he sentido en el pecho», anunció. Reconoció incluso que creía que televisivamente podía perjudicarles, pero quería probarlo. Funcionó y volvieron a hacerlo.

Es decir, La Revuelta lleva desde que aterrizó en la televisión generalista haciendo algo que en televisión suele provocar urticaria: enseñar las costuras. No fueron los primeros, recordemos la metatelevisión que hacía Sálvame.

Enseña que un invitado ha fallado. Enseña que otro ha llegado de rebote. Enseña que los programas se han grabado desordenados. Enseña que no saben cuándo se van a emitir. Enseña el fallo de raccord. Enseña que las cámaras han dejado de funcionar. Y el martes decidió que el espectador contemplara durante casi tres minutos una Carmen Lomana petrificada mientras dentro del teatro intentaban averiguar cómo demonios recuperar la imagen.

Ese es posiblemente uno de los secretos que todavía hacen único al programa. No la transgresión por la transgresión, sino la sensación de que cualquier accidente puede quedarse dentro. La televisión tradicional ha intentado durante décadas que el espectador nunca vea cómo se fabrica la televisión. La Revuelta ha hecho de enseñar cómo se fabrica -y cómo se rompe- una parte del espectáculo.

El problema es que dos años después conocemos demasiado bien el truco. Y parece que no hay más trucos.

Cuando apareció la imagen fija de Carmen Lomana, cuando Broncano preguntó si seguía entrando el sonido y cuando propuso que aquello se emitiera sin cortar un segundo, la decisión debería haber sido incomprensible. Debería haber provocado aquello de: «¿Pero cómo van a emitir esto?». Sin embargo, lo que provoca es casi lo contrario: claro que lo van a emitir. Son ellos.

Quizá ésa sea la paradoja de La Revuelta en su tercera temporada. Ha normalizado tanto lo anormal que ya cuesta que lo anormal sorprenda.

El lunes estrenó nuevo teatro, nuevo decorado y nueva cabecera, pero quiso dejar claro desde el primer minuto que, pese a todo, seguían siendo los mismos. La propia nueva sintonía lo proclama: «Aquí no hemos cambiado, somos los de siempre».

Y no han cambiado.

El martes se rompieron las cámaras y, pudiendo borrar el desastre, decidieron enseñarlo.

Una rebelión bastante inútil. Un fallo sin la menor importancia. Tres minutos que podían haberse quedado en la papelera de edición. Y precisamente por eso los emitieron.

La rebeldía de La Revuelta ya no sorprende. Pero, de momento, sigue siendo suya.

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