La incertidumbre de las familias de los 280.000 desaparecidos en la guerra de Rusia contra Ucrania: “Tienen que vivir con el silencio”

Al menos 280.000 personas están en paradero desconocido por la guerra que libran Rusia y Ucrania, según la enorme lista que maneja el Comité Internacional de la Cruz Roja [CICR]. Incluye a ucranios y rusos sin hacer distinción, y la cifra real previsiblemente es superior porque solo figuran las peticiones que ha registrado la organización. La gran mayoría son soldados. Aunque muchos probablemente han muerto, algunos padres y esposas aún les ponen la cena ante una silla vacía y no mueven nada de sus habitaciones por si aparecen de repente por casa. Arrastran un dolor que los psicólogos llaman la pérdida ambigua.

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 El Comité Internacional de la Cruz Roja atiende en Moscú a familiares que buscan a sus allegados y luchan con el dolor de la ausencia  

Al menos 280.000 personas están en paradero desconocido por la guerra que libran Rusia y Ucrania, según la enorme lista que maneja el Comité Internacional de la Cruz Roja [CICR]. Incluye a ucranios y rusos sin hacer distinción, y la cifra real previsiblemente es superior porque solo figuran las peticiones que ha registrado la organización. La gran mayoría son soldados. Aunque muchos probablemente han muerto, algunos padres y esposas aún les ponen la cena ante una silla vacía y no mueven nada de sus habitaciones por si aparecen de repente por casa. Arrastran un dolor que los psicólogos llaman la pérdida ambigua.

“No hubo noticias de él durante mucho tiempo. Después los hombres de su regimiento contaron que una explosión lo hizo pedazos. Mi amiga no lo aceptaba, el corazón de una madre no lo aceptaba; era su hijo, podía haber pasado cualquier cosa con tanto humo”, relata a este periódico una mujer mayor que en un acto electoral del partido ruso Yábloko reclamó más apoyo para los familiares de los desaparecidos en el conflicto.

“Se había casado hace poco. Era un chico problemático, pero un ángel vino a su familia. Mi amiga acabó aceptando que su hijo había acabado hecho pedazos, y ese ángel, esa joven esposa, tuvo que ir de un sitio a otro para arreglar sus documentos”, lamenta la mujer, que pide hablar bajo anonimato por temor a las autoridades.

El Comisionado para los Desaparecidos en Circunstancias Especiales ucranio estimaba en primavera que 90.000 ciudadanos suyos estaban en paradero desconocido, incluyendo militares y civiles. El Gobierno ruso no ofrece datos de sus nacionales.

Por las oficinas en Moscú del CICR pasan a diario familiares en busca de los suyos. La tristeza cubre sus rostros. “Por desgracia, las cifras de desaparecidos aumentan mes a mes”, manifiesta en su despacho Wilhelm Odde, responsable en Rusia del grupo de Protección y Restablecimiento del Contacto entre Familiares del CICR, durante un encuentro en septiembre. “Y lo único que les queda a los familiares es la ausencia del ser querido”, agrega.

Se trata del fenómeno de la pérdida ambigua, acuñado por la investigadora Pauline Boss en los años setenta. “Tienen que vivir con el silencio, sin ningún elemento de realidad al que aferrarse para aceptar o no su muerte.Albergan la esperanza de que esté vivo, pero al mismo tiempo ven que no lo está, porque no está aquí. Estar vivo también implica estar presente, una voz, pero tienen que convivir con el silencio. Esto genera situaciones muy difíciles para las familias”, lamenta Odde.

Una trabajadora del CICR acaba de recibir a unos padres. El militar desaparecido era “muy joven”. Su situación representa uno de los casos más habituales: “Buscan a su hijo desde 2023. Su muerte no ha sido confirmada y ellos no se rinden. Piensan que si no han recibido el cuerpo, no está muerto; podría estar escondido. Han venido de una región muy lejana de Rusia. Después de tanto tiempo ya no lloran, solo asienten con esa mirada triste”.

Algunos hogares quedan sumidos en la soledad. “Hablé con un abuelo que busca a su nieto desde hace dos años”, relata otra trabajadora. “Tiene unos noventa años y vive solo. Me cuenta que se despierta y las cosas de su nieto siguen allí colgadas. Su ropa, su perfume, todo está intacto”, continúa.

“Un día encontró sus poemas; nadie en la familia sabía que escribía poesía. Los leyó conmigo; no pude no llorar. Me dijo que estaba mirando por la ventana y que veía a la gente volver del trabajo; se imaginaba que él también regresaba”, recuerda.

Otras personas se niegan a admitir la pérdida incluso tras los análisis forenses. Hace poco “vino una mujer. Tenía información oficial sobre la muerte de su hijo, incluso enterró los restos, pero está segura de que no son suyos”, cuenta otra empleada del CICR.

“No percibo que haya muerto; siento que está vivo”, es otra frase que repiten algunos padres para negar la realidad. Por ejemplo, una mujer que decía que una amiga suya había soñado que su hijo estaba en el mar, y otra que recurrió a experiencias telepáticas, uno de los anzuelos de los estafadores.

“Las llamadas son constantes, no deja de sonar el teléfono”, apunta Lucile Marbeau, responsable de comunicación de la delegación de Cruz Roja Internacional en Moscú. “Nuestro trabajo se guía por la premisa de no crear falsas esperanzas a las familias. Nunca prometemos encontrar a la persona. Eso dificulta nuestra labor, pero la idea rectora siempre son las familias, no causarles más dolor del que ya sufren”.

No obstante, cualquier pequeño detalle puede reactivar esa esperanza. “Esta es más fuerte que cualquier protocolo que podamos tener”, explica otro de los trabajadores del CICR a este periódico.

Los enfrentamientos familiares hacen todavía más dolorosa la desaparición. “Tenemos muchos casos de madres mayores que no aceptan que el hijo ha muerto, pero las esposas sí, y eso provoca muchas disputas familiares. La madre considera a la esposa una traidora, piensa que solo buscaba dinero, pero la mujer simplemente aceptó la muerte. No hay nada malo en ello; ella siguió adelante, pero la madre no puede, porque es su madre”, apunta otro trabajador.

Cruz Roja Internacional no informa nunca a los familiares de las muertes; esto es responsabilidad de las autoridades. La labor de las oficinas en Ucrania y Rusia es recopilar las solicitudes de las familias y cotejarlas con la información disponible de ambos lados. “Al tratarse de un conflicto armado internacional, sobra decir que la comunicación entre las dos partes no es sencilla. Aquí es donde el papel del CICR como un intermediario neutral resulta crucial”, apunta Odde.

La organización solo ha podido informar a 18.400 familias de que sus seres queridos, tanto civiles como militares, están vivos desde que comenzó la invasión de Ucrania en 2022. Los mensajes con los prisioneros de guerra son una “prueba de vida” fundamental. El CICR ha participado en el intercambio de unos 38.400 mensajes personales.

Al mismo tiempo, la Cruz Roja Rusa, organización totalmente independiente del CICR, ofrece ayuda psicológica a las familias a través de un gran centro de apoyo.

“¿Está vivo o muerto? Es lo que el CICR denomina el derecho a saber”, remarca Odde. “Este derecho a conocer el paradero de un familiar desaparecido está consagrado en el derecho internacional humanitario”, enfatiza. Ambas partes son firmantes de los Convenios de Ginebra y están obligadas a informar a las familias de los desaparecidos.

“Si la persona ha fallecido”, continúa Odde, “sus familiares necesitan una confirmación oficial por muchos motivos, desde recibir la compensación económica hasta poder iniciar su duelo”.

Las familias rusas pueden llegar a recibir como compensación hasta 14 millones de rublos, más de 140.000 euros, en algunos casos. Esto incluye un pago federal de cinco millones de rublos más otros bonus regionales, un seguro militar y otras ayudas sociales.

La verificación de los cuerpos corre a cargo del bando del fallecido, aunque no siempre es posible recuperar los restos.“Hay familiares que buscan a sus seres queridos sin obtener respuesta desde hace cuatro años. Nunca se rinden, no conozco ninguna familia que haya renunciado por completo”, afirma el responsable de la oficina en Moscú del CICR.

La tragedia puede doler décadas. “Es algo que acompaña a la familia, algo que perdura generación tras generación, recordando que el abuelo se marchó un día. Y eso deja huella”, señala Odde.

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