“Alto. ¿Adónde se dirige?”. El gendarme marroquí que controla una de las últimas rotondas de la carretera que conduce desde Tánger a Fnideq (Castillejos, bajo el Protectorado español) detiene el taxi antes de comprobar que el viajero supera de largo la cincuentena y franquea sin más trámite el paso hacia la frontera de Ceuta. Mientras, un conductor en la treintena es interrogado a conciencia en el arcén por otros agentes al mediodía de este viernes. No es ruta para jóvenes la que lleva a las playas del norte del Mediterráneo marroquí, que viven en estado de máxima alerta la víspera de la amenaza de un nuevo asalto migratorio lanzada desde las redes sociales para este sábado, tras la entrada masiva e irregular de decenas de miles de jóvenes que desbordó hace dos semanas la ciudad autónoma.
Marruecos sella los accesos a Ceuta con agentes en cada encrucijada y sendero dos semanas después de la avalancha incontrolada de decenas de miles de migrantes
“Alto. ¿Adónde se dirige?”. El gendarme marroquí que controla una de las últimas rotondas de la carretera que conduce desde Tánger a Fnideq (Castillejos, bajo el Protectorado español) detiene el taxi antes de comprobar que el viajero supera de largo la cincuentena y franquea sin más trámite el paso hacia la frontera de Ceuta. Mientras, un conductor en la treintena es interrogado a conciencia en el arcén por otros agentes al mediodía de este viernes. No es ruta para jóvenes la que lleva a las playas del norte del Mediterráneo marroquí, que viven en estado de máxima alerta la víspera de la amenaza de un nuevo asalto migratorio lanzada desde las redes sociales para este sábado, tras la entrada masiva e irregular de decenas de miles de jóvenes que desbordó hace dos semanas la ciudad autónoma.
Una inusual estampa estival se divisa en los arenales de Castillejos. Hacia la ciudad, los bañistas se recrean bajo los quitasoles. Hacia la frontera española, hay policías que montan guardia cada 50 metros desde el acantilado al pie de una sombrilla. Marruecos parece haber echado el resto para blindar el paso de El Tarajal, el único abierto ahora. Camiones cargados de concertinas, la hiriente espiral de alambre con púas y cuchillas. Y cañones de agua a presión, tanquetas, decenas de furgones antidisturbios… Todo el parque móvil del Ministerio del Interior, junto a ambulancias, vehículos de bomberos y hasta transportes y helicópteros militares. Embarcaciones de la Marina Real patrullan también la costa.
Todos juntos lanzaban un inequívoco mensaje de ‘reservado el derecho de admisión’ dirigido a los jóvenes que han detectado en las redes sociales los llamamientos a volver a irrumpir en esa frontera exterior de la Unión Europea en África. La ensoñación que produce en Castillejos la vista de Ceuta adentrándose en el horizonte marino solo había cautivado este viernes a unas pocas docenas de marroquíes y a un puñado de subsaharianos que deambulaban entre la carretera de Tánger y los bosques de Benzú, en el paso fronterizo cerrado al norte del enclave hace casi un cuarto de siglo.
“No había vuelto a cruzar por aquí para visitar a mi familia de Ceuta desde antes de los sucesos del 30 de julio”, explicaba Fátima, un ama de casa de Tetuán de 51 años, en el aparcamiento para taxis de la terminal fronteriza de Bab Sebta, nombre que Marruecos da al paso internacional que abre la puerta de Ceuta. “Tengo miedo de que mañana [por este sábado] se vuelva a cerrar de nuevo”, advertía. Son pocos los viajeros a pie y menos los vehículos que al mediodía del viernes atravesaban esta línea divisoria que hace dos semanas mostró al mundo una de las mayores crisis migratorias entre el Sur y el Norte económicos. Quien no pueda demostrar que va a cruzar legalmente tiene vedado el paso.
Marruecos está enviando potentes señales en los últimos días de que no permitirá otra avalancha migratoria como la del 30 y el 31 de julio, a pesar de los llamados en las redes sociales a aprovechar “el día festivo del 15 de agosto en España”. Policías de fronteras, gendarmes, miembros de las fuerzas auxiliares, militares, controlan desde hace varios días el paso de autobuses, taxis colectivos y vehículos privados en una clara demostración del músculo de las fuerzas de seguridad magrebíes para supervisar la circulación de personas. Las vallas fronterizas marroquíes han sido coronadas con rollos del mismo tipo de concertinas que dejaron de utilizarse hace seis años en las verjas españolas en Ceuta y Melilla.
Las vías de comunicación que se dirigen hacia el norte del país magrebí están siendo estrictamente controladas por policías en uniforme y de paisano. La Dirección General de la Seguridad Nacional recuerda en sus contramensajes en las redes sociales que los actos de incitación a la inmigración irregular están castigados por la ley.

El Ministerio del Interior marroquí ya previno el miércoles que se adoptarían “todas las medidas necesarias” para evitar nuevos cruces ilegales. No están ahora los jóvenes harragas, los inmigrantes clandestinos que, literalmente, queman sus papeles para echarse al mar en una patera o asaltar las fronteras terrestres. Los mismos que desfilaban por millares por la playa de Castillejos, en un tránsito de ida y vuelta para la gran mayoría, en los últimos días de julio. Las vallas cierran el paso a los arenales más cercanos al paso de El Tarajal y se internan en el agua para quienes pretendan sortearlas durante la marea baja. A la salida de la ciudad de Castillejos, un primer control fronterizo impide el tránsito de todo aquel que no vaya a viajar a Ceuta documentado.
En las explanadas de las naves industriales y comerciales que el Gobierno marroquí erigió junto a la frontera tras la pandemia para intentar revitalizar la economía de Castillejos, desmoronada tras el fin del “comercio irregular” o contrabando tolerado desde Ceuta, están aparcados los autocares que alejan a centenares de kilómetros, hacia el Marruecos más profundo, a quienes osen aproximarse a las vallas. El llamado “alejamiento administrativo” es menos temible que las corrientes que baten el espigón del Tarajal, que se han cobrado la vida de hasta 141 personas, según ONG humanitarias marroquíes, a ambos lados de la frontera.
Hace también dos semanas, decenas de migrantes subsaharianos se encontraban retenidos por las fuerzas de seguridad marroquíes en el mismo polígono empresarial de escasa actividad económica. Tras su previsible alejamiento hacia ciudades del interior como Beni Melal, a más de seis horas de carretera hacia el sur, su lugar ha sido ocupado por las unidades de refuerzo de las fuerzas de seguridad desplazadas hasta Castillejos por las autoridades.
Hace dos semanas, hasta 80.000 personas se abalanzaron sobre la ciudad autónoma entre el mediodía del día 30 de julio y la tarde del día 31, de las que unas 8.000 siguen allí todavía, según estimaciones del Gobierno español. De estas, en torno a 5.000 pueden tener derecho a permanecer en España; unos 2.500 menores y otros tantos solicitantes de asilo. En junio de 2021, más de 10.000 personas irrumpieron en Ceuta desde Marruecos sin que sus fuerzas de seguridad intervinieran para impedirlo. En septiembre de 2024, un masivo despliegue policial impidió varios asaltos de cientos de migrantes contra la valla fronteriza con Ceuta tras la campaña viral que animaba en las redes a irrumpir en la ciudad autónoma.
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