Jorge Javier Vázquez se planta en Supervivientes y suelta la gran verdad de sus 15 años en Sálvame

El presentador reconoció los errores y excesos del programa que condujo durante 15 años, pero se negó a renegar de su legado y a participar en un nuevo juicio televisivo contra Rocío Carrasco Leer El presentador reconoció los errores y excesos del programa que condujo durante 15 años, pero se negó a renegar de su legado y a participar en un nuevo juicio televisivo contra Rocío Carrasco Leer  

Pasaban de la una y media de la madrugada cuando Jorge Javier Vázquez decidió que hasta aquí habíamos llegado. Que una cosa es que Supervivientes All Stars se haya convertido, por obra y gracia de Rosa Benito, en la enésima sucursal de los conflictos de los Mohedano y otra muy distinta que, a estas alturas de la película, se vuelva a colocar a Rocío Carrasco en el banquillo de los acusados. Y menos aún utilizando a sus hijos. Jorge Javier Vázquez ha aprendido muchas cosas en sus 15 años al frente de Sálvame. Algunas, probablemente, demasiado tarde. Pero anoche demostró que hay lecciones que, una vez aprendidas, no se olvidan.

Lo curioso, por no decir lo surrealista, es que todo sucedió en un programa en el que, supuestamente, los protagonistas tienen que sobrevivir en Honduras. Pescar, pasar hambre, soportar tormentas, enfrentarse a pruebas imposibles… Ya saben, esas cosas. Sin embargo, desde que Rosa Benito regresó a al reality, parece que la verdadera prueba de supervivencia consiste en comprobar cuántas veces se puede resucitar la misma guerra familiar sin que el espectador termine pidiendo auxilio.

Y anoche tocaba otra ración. Porque, por lo visto, en Honduras se puede pasar hambre, pero de conflictos familiares siempre hay provisiones.

Rosa Benito volvió a abrir el baúl de los recuerdos, que en su caso se parece más a la caja de Pandora, y decidió contarle a Chiqui que Rocío Carrasco, a la que se refiere como «la heredera», había intentado impedir que su hija, Rosario Mohedano, cantase junto a Rocío Jurado en el especial Rocío, siempre, el que fue su último concierto.

«La heredera le impuso una serie de artistas y no quería que mi hija cantara en ese especial», aseguró la ex mujer de Amador Mohedano, antes de rematar su relato con un expresivo «se jodió», porque su hija terminó cantando.

Y mientras la madre soltaba la bomba desde Honduras, la hija tenía que recoger los cascotes desde el plató. Chayo Mohedano lleva semanas haciendo equilibrios sobre una cuerda floja que ni los mejores acróbatas. Quiere defender a su madre, pero no quiere seguir participando en una guerra que, según ella misma reconoce, le ha hecho demasiado daño.

«Estoy en una tesitura en la que nunca me hubiese gustado verme», confesó, visiblemente incómoda. Y soltó una de las frases más sensatas de la madrugada: «Si mi madre quería hablar de esto, se podría haber hecho un ¡De viernes!, hubiese comido calentita y hubiese defendido ella sus palabras, y no yo».

Pues tampoco le faltaba razón. Si Rosa Benito quiere ajustar cuentas con su pasado, tiene todo el derecho del mundo a contar su versión. Pero resulta bastante más cómodo hacerlo a miles de kilómetros, mientras es su hija quien tiene que responder por ella. Y, de paso, convertir cada conversación con Chiqui en un nuevo capítulo de una historia que parecía no tener ya nada más que contar, pero que, como dijo Jorge Javier Vázquez, tiene demasiadas heridas abiertas.

Y es que es la historia que no termina. Aunque parezca que ya no queda por contar nada, porque lo han contado todo. Pero lo tiene. Siempre lo tiene. Especialmente cuando hay una cámara delante.

La relación entre Jorge Javier Vázquez y Rosario Mohedano durante esta edición de Supervivientes All Stars ha sido un ejercicio de diplomacia televisiva. Cordialidad, sonrisas, alguna pulla y esa tensión que se puede cortar con un cuchillo de untar mantequilla.

Desde el estreno, cuando el presentador recibió el regreso de Rosa Benito con un sonoro «¡Viva Rocío Carrasco!», quedó bastante claro dónde estaban sus líneas rojas. No iba a fingir una neutralidad que no siente. Ni falta que hacía.

Pero anoche sucedió algo distinto. Porque Jorge Javier no se limitó a defender a Rocío Carrasco. Hizo algo bastante más complicado: defendió el programa que le convirtió en uno de los grandes rostros de la televisión mientras reconocía públicamente sus errores y excesos.

Todo empezó cuando preguntó a Rosario Mohedano si contemplaba una reconciliación con su prima. La cantante explicó que Rocío Carrasco la había apartado de su vida después de que le reprochase su comportamiento con sus hijos.

«Le dije que no estaba de acuerdo en cómo se estaba portando con sus hijos», afirmó. Y añadió una frase que hizo saltar todas las alarmas del presentador: «No puedo hacer mucho más que querer a esos niños que se han quedado sin madre». Ahí se acabaron las contemplaciones.

Jorge Javier tomó la palabra. No levantó la voz ni necesitó montar un espectáculo. Le bastó con recordar de dónde viene y, sobre todo, qué ha aprendido por el camino.

«Tienes tu opinión, pero yo también tengo la mía», comenzó. Y entonces llegó una reivindicación que probablemente muchos no esperaban escuchar en semejante escenario: «Hemos cometido muchísimos errores y excesos. Han sido 15 años de trabajo en Sálvame y estoy orgullosísimo, cada vez más, porque son muchísimos más los aciertos, lo innovadores y transgresores que fuimos».

Y lo remató reivindicando su orgullo por haber formado parte de un programa que marcó la historia de la televisión.

Tiene razón Jorge Javier. Sálvame cambió la televisión. Se podrá detestar su manera de hacer las cosas, cuestionar sus métodos, recordar sus excesos y reprocharle muchas de las barbaridades que se dijeron durante aquellos años. Pero negar su influencia sería tan absurdo como pretender que nunca existió.

Sálvame fue un programa excesivo, incómodo, provocador, muchas veces cruel y otras tantas extraordinariamente brillante. Fue capaz de convertir una tarde cualquiera en un acontecimiento televisivo. Rompió códigos, inventó otros y consiguió algo que muy pocos formatos logran: que la televisión hablara de sí misma mientras millones de espectadores no podían dejar de mirar. Y sí, también hizo daño. Mucho, en determinados momentos.

De hecho, Rosario Mohedano lleva semanas denunciándolo. El pasado domingo volvió a recordar el sufrimiento que, según su testimonio, padeció durante años por los ataques a su carrera y a su persona desde el universo de Sálvame. Anoche fue todavía más contundente: aseguró que en aquel programa «se han cometido muchos delitos y se ha hecho daño a mucha gente».

Conviene distinguir las cosas. Que se cometieran excesos no convierte automáticamente en delitos todas las conductas que denuncia Mohedano. Pero tampoco el éxito televisivo borra el daño que pudieron causar algunas prácticas. Ni los millones de espectadores sirven de absolución.

Y aquí está precisamente lo interesante de lo que ocurrió anoche: Jorge Javier no pretendió presentar Sálvame como un programa perfecto. Defendió su legado sin negar sus sombras. «Es que es indiscutible, ahí no hay debate», respondió ante los reproches de Chayo.

Pero lo verdaderamente importante todavía estaba por llegar. «Una de las cosas que he aprendido en estos 15 años es que me costará decir de una persona que es mala madre o que no atiende a sus hijos o que se ha despreocupado. Ese tipo de cosas he aprendido a no juzgar, porque tampoco me gustaría que me lo hicieran a mí», sentenció.

Ahí estaba todo. No era una frase para arrancar un aplauso. Ni una ocurrencia de esas que Jorge Javier sabe colocar como nadie para convertirse en protagonista de la noche. Era el reconocimiento de alguien que ha participado durante años en una televisión que convirtió demasiadas veces las vidas privadas en juicios públicos. Y que ahora parece tener bastante claro que hay determinadas fronteras que no deberían volver a cruzarse.

Porque una cosa es contar los conflictos de una familia y otra muy distinta dictar sentencia sobre quién es buena o mala madre. Una cosa es escuchar la versión de Rosario Mohedano y otra utilizar esa versión para volver a colocar sobre Rocío Carrasco toda la responsabilidad de la ruptura con sus hijos.

La historia es demasiado compleja y demasiado dolorosa para despacharla con una frase a la una y media de la madrugada.

Y ahí Jorge Javier estuvo especialmente acertado. No porque haya que darle siempre la razón a Rocío Carrasco, ni porque la familia Mohedano tenga prohibido hablar de lo que ha vivido. Sino porque la televisión no puede seguir confundiendo el derecho a contar una experiencia personal con el derecho a juzgar la maternidad de otra persona.

Tampoco sería justo convertir ahora a Jorge Javier Vázquez en el guardián de una ética televisiva que durante años él mismo contribuyó a poner a prueba. Su reflexión tiene valor precisamente por eso. Porque conoce el barro, porque se ha revolcado en él y porque sabe mejor que nadie cuánto espectáculo se puede construir con el dolor ajeno.

Y porque, en una televisión que rara vez reconoce sus errores, escuchar a uno de sus grandes protagonistas admitir que se cometieron «muchísimos errores y excesos» no es precisamente poca cosa.

Hay, además, una paradoja maravillosa, de esas que solo puede regalar Telecinco: la cadena que enterró Sálvame sigue encontrando en sus protagonistas, sus conflictos y sus fantasmas una fuente inagotable de contenido. Cambian los decorados, cambian los nombres de los programas, cambian los presentadores, pero basta con que alguien mencione a los Mohedano para que reaparezca el espíritu de aquellas tardes. Lo que anoche cambió fue la respuesta.

Rosa Benito volvió a sacar a pasear los viejos reproches. Rosario Mohedano volvió a encontrarse atrapada entre la defensa de su madre y sus propias heridas. Y Jorge Javier Vázquez, que durante tantos años habría tenido material para alimentar tres tardes de Sálvame, decidió poner un límite.

No renegó de su pasado. No pidió perdón por haber hecho televisión. No negó los excesos. Simplemente dejó claro que hay cosas que ya no quiere volver a hacer.

Y puede que esa fuera la mayor lección de la madrugada: después de 15 años haciendo de casi todo un espectáculo, Jorge Javier Vázquez parece haber aprendido que no todo tiene por qué serlo.

Quién se lo iba a decir a Sálvame. Su mejor defensa llegó de la mano de quien decidió no seguir alimentando el espectáculo.

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