Matthew Brennan reina por cuarta vez en La Vuelta en una etapa de transición

El corredor del Visma se impone al sprint en La Rábida en una etapa sin cambios en la general y consigue la sexta victoria para el equipo Leer El corredor del Visma se impone al sprint en La Rábida en una etapa sin cambios en la general y consigue la sexta victoria para el equipo Leer  

El sintagma «etapa de transición» está muy bien concebido y aplicado. Define esas jornadas irrelevantes para la general, situadas entre otras trascendentes. No están desnudas ni vacías: alguien se las apunta y, de ese modo, las viste y rellena. Pero suponen una pausa en la pelea por los puestos altos de la carrera. Están destinadas para los sprinters o, si el pelotón se duerme o se despista, para unos escapados.

El pelotón no se durmió ni se despistó, y la etapa, que concluía en La Rábida con el Atlántico, Palos, Moguer destilando aromas del Descubrimiento, la ganó, efectivamente, un sprinter. No sólo un sprinter cualquiera, no un sprinter más, sino ‘el’ sprinter de esta Vuelta, el velocista por antonomasia de esta edición: Matthew Brennan.Era su cuarto triunfo y el sexto del Visma. Van 16 etapas y solamente ocho de los 23 equipos conocen el dulce sabor de la victoria.

Fue la etapa más monótona, más anodina, quizás la única realmente anodina de la Vuelta. Durante casi 150 kms. de los 181 de la jornada, marcharon escapados Vermaerke (UAE), Madouas (Groupama), Sütterlin (Jayco), Thalman (Tudor) y Dalby (Uno-X). Los atrapó, a 24 kms. de la llegada, un pelotón controlado por Visma (para Brennan) y Cofidis (para Coquard). A última hora entró en escena Red Bull pensando en Meeus, un poco Bahrain (¿Pau Miquel?) y un poquito Uno-X (para Cort Nielsen). Enric siempre andaba rondando la cabeza, mostrando el pabellón y hechuras de amo y señor.

Un pelotón de 102 hombres se presentó en la meta. Una ancha recta, lisa como un folio, contempló la esperada imagen de Van Aert tirando de Brennan, quitándole el viento que él mismo levantaba con su potencia. Una locomotora verde arrastrando un vagón amarillo. Y pasó lo que tenía que pasar.

Hizo menos calor que en días anteriores, pero siguió haciendo demasiado. La solución al problema del mercurio desbocado no estriba en acortar las etapas y alterar así la prueba por decisión obligada de la misma organización que la ha concebido de otro modo, sino evitar aquellos lugares en los que la temperatura resulta insoportable y, más aún, peligrosa. El ciclismo necesita héroes, no mártires.

Diez de las 21 etapas de la Vuelta, ampliando los siete círculos del infierno de Dante, han discurrido y van a terminar de discurrir por Andalucía, la parte de España con la que más y durante más tiempo se ensaña el cambio climático. La organización de la carrera ha pecado de falta de previsión o cedido a razones que son siempre económicas. Cabe esperar que haya tomado buena nota y en adelante, cuando la Vuelta regrese a Andalucía, reduzca el número de etapas en esa tierra e impere la sensatez sobre la irresponsabilidad.

Más transición en la 17ª etapa entre Dos Hermanas y Sevilla. Inteligentemente situadas ella y la 16ª como doble amortiguamiento físico y mental antes de la triple explosión, sin reposo ni refugio, de la contrarreloj de Jerez y las montañas de Peñas Blancas y Collado del Alguacil. Jueves, viernes y sábado de pasión.

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